22 sept. 2010

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22.09.10
JUAN CUÉLLAR LÁZARO | CRONISTA DE LA COMUNIDAD DE VILLA Y TIERRA DE FUENTIDUEÑA

Con la llegada del otoño los pueblos de Castilla retoman su imagen real y se preparan para sobrellevar el largo invierno. Salvo afortunadas excepciones, la mayor parte de ellos se convierte en poblaciones cuasi fantasmagóricas que no son más que una sucesión de casas cerradas y de amplias calles vacías. Persianas bajadas y puertas con protecciones de chapa en su parte inferior como salvaguarda contra la lluvia es el retrato habitual que nos encontramos en noviembre o febrero.
La ausencia de voces infantiles y el silencio invadiendo todos los rincones resultan estremecedores. Da la sensación de que, como si de un ser vivo se tratara, cada pueblo hubiera entrado en una especie de estado de hibernación y de latencia en el que los escasos habitantes que permanecen en él lo hicieran para asegurar su supervivencia. Se trata de personas de avanzada edad que a modo de equipo de mantenimiento constituyen los órganos vitales de un ser vivo.
Este fenómeno tan generalizado resulta grave y significativo en algunos puntos de nuestra geografía, que suelen coincidir con los que están más alejados de la capital, como es el caso de los pueblos de la Comunidad de Villa y Tierra de Fuentidueña. Para hacer frente a este paisaje tan desolador en casi todos ellos han ido surgiendo asociaciones que intentan revitalizar y sacar del letargo a estas pequeñas poblaciones, tantas veces dejadas de la mano de Dios. Consciente de que la Administración no puede llegar a todo ni a todos (excepto en lo relativo a las cargas impositivas, que en esto tiene el brazo bien largo), sin embargo en época de elecciones los políticos o aspirantes a ello, sean del signo que sean, sí tienen tiempo, para dejarse caer por cualquier pueblecito a pelear por el disputado voto del señor Cayo.
La labor de estas asociaciones es valiosa y meritoria en los pueblos con menos recursos. Por eso quiero dejar aquí constancia de algunas de ellas, como la Asociación Cultural San Mamés, de Fuentepiñel; la de Santa Lucía, de Castro; la de Valtiendas; la de Todoesponerse, de Calabazas; la del Olmo y la Vega, de Fuente el Olmo; la de San Vicente, de Fuentesoto; la de Amigos de Vegafría; la de Fuentendrino, de Aldeasoña; la de Benvivere, de Membibre de la Hoz; la de Amigos de Fuentidueña; la de Grupos Activos, de Fuentesaúco; la de Nuestra Olma, de Sacramenia; la de Torrecilla del Pinar; la de José Sebastián, de Cozuelos; la de Amigos de Tejares; la de El Palomar, de Vivar; la de San Agustín, de Torreadrada; y la de la Virgen del Río, de San Miguel de Bernuy. Todas ellas, en unión con las de Mujeres y Amas de Casa, que también hay en algunos pueblos, organizan y llevan a cabo múltiples y variadas actividades de carácter cultural, deportivo, recreativo y social, y aunque lo hacen básicamente en los meses estivales, que es cuando más gente puede disfrutar de ellas, también extienden puntualmente sus actuaciones a otras fechas del año que resultan relevantes para cada pueblo.
Gracias a ellas se han recuperado tradiciones y juegos autóctonos, y las gentes pueden disfrutar de excursiones, conferencias, exposiciones, concursos, paelladas y calderetas comunitarias y otras actividades de la más diversa índole. De aquellas a las que he podido asistir este verano me han llamado especialmente la atención por lo que tienen de original y de osadía la VII Maratón Nocturna de Valtiendas, famosa a nivel nacional; la Procesión de los Faroles, de Fuentesoto; el IX Castrorock, de Castro; y sobre todo la I Feria de la Miel, de Tejares, ambicioso proyecto que se ha visto coronado por un éxito notable gracias a la iniciativa y al esfuerzo encomiable de Cristina y Elena, muy bien secundadas por el resto de sus paisanos. Precisamente, el día 21 de septiembre, fecha en la que se despide el verano y entra el otoño, esta Comunidad de Fuentidueña celebra la festividad de su patrón, San Mateo, en la cual se reúnen en su sede social todos los delegados de los veintiún pueblos que la componen.
Con un futuro bastante incierto por culpa del envejecimiento y la despoblación, el pesimismo y la desesperanza son sentimientos también cada vez más extendidos. Pero como cuesta lo mismo ser pesimista que optimista, y aunque hoy en día no existan casi razones para ello, yo quiero lanzar desde estas líneas un rayo de optimismo y de esperanza, y, al unísono con los del Sur de Mario Benedetti y con los esforzados naturales de Teruel, gritar que nosotros también existimos, y que nos gusta aprovechar el momento siguiendo la máxima del romano Horacio del 'Carpe diem'. Que el afán y el empeño con el que se han empleado durante siglos y lo siguen haciendo tantas gentes de estas tierras no pueden ni deben de resultar inútiles y baldíos, y mucho menos pasar a formar parte del tenebroso pozo sin fondo que constituye el olvido.