7 oct. 2010

Confesión

El Sacramento de la Confesión olvidado

Uno de los fallos más trágicos que la Iglesia ha sufrido en la segunda mitad del siglo XX es el haber pasado por alto el don del Espíritu Santo en el Sacramento de la Penitencia. En nosotros, los sacerdotes, esto ha causado una tremenda pérdida de perfil espiritual.

Allí donde el sacerdote ya no es confesor se convierte en un trabajador social de carácter social. Le falta, de hecho, la experiencia del resultado pastoral más grande, es decir, colaborar para que un pecador, también gracias a su ayuda, deje el confesionario nuevamente santificado. En el confesionario el sacerdote puede penetrar en el corazón de muchas personas y de esto le vienen impulsos, ánimos e inspiraciones para el propio seguimiento a Cristo.

Las maravillas de Dios no ocurren nunca bajo los reflectores de la historia mundial.

Se realizan siempre aparte: a las puertas de Damasco, para San Pablo, como también en el secreto del confesionario, San Juan María Vianney. Esto puede ser para todo nosotros un gran consuelo, para nosotros que tenemos grandes responsabilidades, pero al mismo tiempo somos conscientes de nuestras a menudo limitadas posibilidades. Forma parte de la estrategia de la Iglesia: obtener efectos grandiosos con pequeños medios. Pablo, derrotado a las puertas de Damasco, se convierte en el conquistador de las ciudades de Asia Menor y de Europa.

Por eso no es suficiente que en nuestro trabajo pastoral queramos aportar correcciones sólo a las estructuras de nuestra Iglesia para que parezca más atractiva. ¡No basta! Lo que necesitamos es la conversión del corazón, de mi corazón. Sólo un Pablo convertido pudo cambiar al mundo, no un experto en “ingeniería eclesial”.

El mayor obstáculo, el no permitir que a través de nosotros sea percibido por los demás, es el pecado. Impide la presencia del Señor en nuestra existencia y por eso nada nos es más necesario que la conversión, también de cara a la misión.

Un sacerdote que no se pone con frecuencia tanto en un lado como en el otro de la rejilla del confesionario, sufre daños permanente en su alma y su misión.

Cuando el sacerdote se aleja del confesionario, entra en una grave crisis de identidad. El sacramento de la penitencia es el lugar privilegiado para la profundización de la identidad del sacerdote, el cual está llamado a hacer que él mismo y los creyentes vuelvan a sacar la plenitud de Cristo.

El haber descuidado el sacramento de la confesión es la raíz de muchos males en la vida de la Iglesia y en la vida del sacerdote. Y la llamada crisis del sacramento de la penitencia no se debe sólo a que la gente ya no va a confesarse, sino también a que los sacerdotes no estamos presentes en el confesionario.

Un confesionario en el que está presente un sacerdote, en una Iglesia vacía, es el símbolo más conmovedor de la paciencia de Dios que espera. Así es Dios, Él nos espera toda la vida.


Benedicto XVI: es necesario volver al confesionario

Es necesario volver al confesionario: lo ha observado Benedicto XVI al hablar a los participantes del curso de formación de la Penitenciaría Apostólica. El contexto cultural hedonista y materialista está desviando el sentido del pecado y del bien y el mal. Los sacerdotes, siguiendo el ejemplo del santo Cura de Ars, deben guiar con valentía a los fieles, dedicarse a las confesiones, instaurar con los penitentes un diálogo de salvación. La certeza de ser amados por Dios, que el sacerdote debe transmitir a los fieles, dijo el Papa, ayuda al hombre a reconocer el propio pecado y a introducirse, progresivamente, en esa estable dinámica de conversión del corazón